¿Sabemos Escuchar?

Un psicólogo, Daniel Kahneman, ganó el premio Nobel de Economía demostrando que “no pensamos tanto como creemos…” Explicó que tenemos dos formas de pensar:  una automática, rápida, casi instantánea… y otra más lenta, más consciente y profunda. 

La primera, la rápida, (lo que él llamaba el sistema 1 de pensamiento) funciona por hábitos y asociaciones y requiere poco esfuerzo. El sistema 2, es del pensamiento lento, es reflexivo y deliberado, es decir, hace falta una decisión consciente para ponerlo en marcha, por tanto requiere atención y más energía.

Como a nuestro cerebro, entrenado para la supervivencia, le gusta tanto economizar recursos, usamos la mayor parte del tiempo el sistema 1, por eso Kahneman concluía que “no pensamos tanto como creemos”, osea que pasamos la mayor parte del tiempo con el “piloto automático” activado.

Curiosamente mi profesión de partida es economista, aunque la vida me ha ido llevando por otros derroteros, hacia el ámbito de la Comunicación y el cuidado de las relaciones. Usaré los descubrimientos de  Kahneman para llegar a una conclusión parecida: “No escuchamos tanto como creemos”.

Me llama una amiga para contarme un problema que tiene con las obras en la fachada de su casa y automáticamente me sale un “tranqui, no te preocupes, que en una semana lo tienen todo listo y te olvidas de las obras”. La conversación continúa a cierta velocidad, y enseguida me sale un “lo que tienes que hacer es decirles que…” o un “bueno mujer, no exageres que has superado retos mucho peores”…

Cuelgo y le cuento a mi pareja que mi amiga está metida en un bucle y que no sabe hablar de otra cosa… pero enseguida él me corta y me dice: “bueno, ya se le pasará…” y yo insisto un poco más y digo: “si, pero mientras tanto no hay manera de hablar con ella, llevo días con ganas de contarle yo lo mío..” y me vuelve a cortar y me dice: “pues dile que no dé tanto la lata…”

Me paro a reflexionar un momento, es decir, pongo en marcha conscientemente mi sistema 2 de pensamiento, y al hacerlo me doy cuenta de que he estado escuchando a mi amiga desde roles que tengo totalmente automatizados: consolar, solucionar, corregir y que mi pareja ha hecho exactamente lo mismo conmigo. Y pienso que estas respuestas rápidas y automáticas, no han servido para que ella ni después yo nos sintiéramos escuchadas ni comprendidas.

¿Cómo aprendimos a escuchar? 

El lenguaje se aprende por imitación. Una niña se cae, o se le rompe un juguete o su hermano le pega… Y va corriendo en busca de un adulto. Necesita contarlo, sentir que se reconoce y se valida su vivencia y su emoción. Pero lo que llegan son frases como: “No ha sido nada”, “no llores”, “ya te compraré otro”, “¿seguro que no le has pegado tu primero?” “lo que tienes que hacer es…” “ya te dije que…” 

Y aunque esta niña no ha encontrado lo que buscaba, archivará estas respuestas en su cerebro y las repetirá cuando llegue el momento. Es el lenguaje de los adultos, no se cuestiona, se aprende. Y a base de repetirlas su cerebro automatizará esas respuestas y las convertirá en la opción más fácil y por tanto más probable para la próxima vez que se de una situación parecida..

A día de hoy somos ya muchos autores y autoras y muchas disciplinas las que ponen en cuestión estas formas de responder cuando alguien nos está contando algo. Yo les llamo “roles de (no) escucha”: consolar, solucionar, corregir, aleccionar, sermonear, robar la historia, minimizar…

Cuestionamos estos roles, porque aunque puedan partir de la mejor intención de querer ayudar, en general interrumpen el proceso de escucha y con frecuencia impiden que la persona que se expresa haga lo que más necesita: poder contar lo que le pasa. 

Desde nuestro “piloto automático” no escuchamos para comprender, escuchamos para responder. El foco no está en quien se expresa, está en mi opinión, en lo que yo pienso de lo que me cuentan y en lo que voy a decir a continuación. Y como yo no soy capaz de escuchar de verdad a la otra persona, ella tampoco podrá escucharme a mi. Es el pez que se muerde la cola y así el reto de comunicación está servido.

En fin, tantas personas en el mundo hambrientas de escucha y cansadas de tantas interrupciones y de una escucha superficial y automática y sin embargo seguimos repitiendo nuestros roles cotidianamente, especialmente con nuestras hijas e hijos, contribuyendo a que estos roles se perpetúen.

¿Posibles causas de todo esto? Se me ocurren varias:

Se reconoce y se aplaude al “orador” pero el “escuchador” no aparece en los titulares. La escucha ni se ve ni se nombra. Y nuestro cerebro, como buen economizador, elige no poner energía en lo que no se valora.

Muchas personas perciben hoy conversaciones más rápidas, menos pausadas y con menos espacio para el silencio. Todo parece estar acelerándose y seguramente cada vez hablamos más y más rápido, Sin embargo, nuestra capacidad de escucha lejos de seguir este ritmo, está cada vez más deteriorada. Hay una dificultad creciente para sostener presencia, pausa y atención profunda. 

No nos han enseñado a escuchar de otra manera, o quizá algo oí o leí sobre escucha activa o sobre escucha empática, pero me pareció difícil, o poco natural, o no lo vi necesario y no perseveré con ello.

En definitiva, avanzamos vertiginosamente en tecnología, en conocimiento, en recursos, en IA… Y sin embargo, en cuanto a hábitos de comunicación, seguimos anclados a automatismos heredados del pasado. Tristemente la eficiencia y el ahorro de energía que nos da la tecnología la perdemos en conflictos mal gestionados, en la distancia que se genera entre las personas, en interminables debates políticos, en desacuerdos no resueltos, en guerras…

A mi juicio hay muchísimo desequilibrio.

¿Y si fuera más importante de lo que creemos? ¿Hasta cuándo puede sostenerse este desequilibrio?

Escuchar con empatía es una habilidad clave para que podamos entendernos, conectarnos, solucionar conflictos sin violencia y convivir. Por mucho que evolucionemos a nivel técnico, no podemos evolucionar a nivel humano si no desarrollamos esta habilidad. 

Una conversación calmada en la que se da una escucha sin prisas, sin juicios, sin interrupciones, dando espacio a la curiosidad y las ganas de comprender al otro, nos conecta. Nos vincula a nivel emocional y nos humaniza. Sin escucha no hay diálogo, sin diálogo nos alejamos y los conflictos acaban en violencias físicas o emocionales que consumen nuestros recursos y generan distancia, tristeza y soledad o daños mucho mayores.

Me consta que pasar de la escucha rápida y automática a la escucha lenta y consciente implica un esfuerzo y transitar un lugar muy poco habitado: LA PAUSA.

Desautomatizar es un proceso. No se da de un día para otro. No es suficiente leer un artículo o incluso un manual con pasos a seguir. Se necesita propósito, voluntad firme y entrenamiento.

Seguramente hay muchas cosas ahora mismo ocupando tus pensamientos, quizá tienes prisa y quieres acabar este artículo cuanto antes para leer otro o para hacer otras cosas. Pero te voy a invitar a hacer un momento de pausa para reflexionar con tu sistema 2 de pensamiento, el lento y consciente, sobre las siguientes preguntas:

Del 1 al 10 ¿Qué importancia le das a la calidad de tus relaciones (afectivas, profesionales, sociales…)? ¿Cuánto influye la calidad de esas relaciones en el nivel de satisfacción y bienestar que hay en tu vida? 

Y si te acercas al 10 en tu valoración, reflexiona un poco más ¿Cuánta energía y recursos estás dispuesto/a a invertir en desarrollar habilidades que te ayuden a mejorar esas relaciones?

Para mi no hay ninguna duda, es momento de pausar y bajar la velocidad, de invertir en lo que realmente importa. Es momento de empezar a escuchar de verdad. 

Lisn,  

Kontxi Ruiz